viernes, 7 de enero de 2011

MATRIMONIO Y LUJURIA EN UN RELATO DE EL DECAMERÓN


Hay un cuentito muy curioso en el Decamerón de Boccaccio –el décimo de la quinta jornada– en que un ricachón, Pedro de Vinciola que, para dejar de ser la comidilla entre los chismosos de Perusa, se casa. Pero le gustan los hombres, lleva una doble vida y nomás no le cumple a su mujer, “joven robusta, rubia y ardiente que más bien hubiera querido dos maridos que uno”. La esposa, alentada por una vieja alcahueta, consigue amantes y los lleva a sus aposentos. Uno de ellos, joven hermoso, resulta ser al mismo tiempo amante ni más ni menos que del marido.
Se ha interpretado a Boccaccio como un agresor de las buenas costumbres, un literato que impugnó la ideología cristiana medieval de su tiempo. En esta y otras historias el autor enaltece el erotismo de sus personajes, olvidándose de los héroes nobles, semidivinos, bellos –como los de las novelas de caballería– y haciendo burla de los paradigmas morales vigentes en la época.
En la historia de Pedro se ponen sobre la mesa esencialmente dos ideas. Por un lado, el matrimonio como medio legítimo de unión y convivencia en pareja, y por otro, la lujuria que lleva a la infidelidad. Ambos se enfrentan y surge el conflicto entre dos conceptos aparentemente irreconciliables: el discurso ideológico y civil que marca las pautas de conducta sexual y convivencia en pareja, frente a lo que realmente los personajes hacen en la práctica: darle vuelo a la hilacha. Si hay infidelidad de las dos partes, esposo y esposa, entonces ¿cómo es posible que los personajes al final lleguen a un acuerdo, como efectivamente sucede? Luego de ser descubiertos en sus andanzas, marido y mujer no se divorcian, no se separan como las buenas conciencias esperarían. Pedro, al saberse cornudo en su propia hogar, vitupera a su mujer, y ésta le devuelve el reclamo argumentando la condición de monja involuntaria que vive. ¿Se trata solamente de un concepto profano del hombre que contradice la ideología predominante? ¿Antropocentrismo versus teocentrismo? (¡Hagan sus apuestas!) ¿O más bien el discurso, la concepción cristiana y civil que se pretende llevar a la práctica se tuerce y al mismo tiempo se apoya en lo ilícito: la infidelidad y la sodomía? Me inclino a pensar esto último. En el texto, el ideal civil y cristiano del matrimonio, cuando parece caer paradójicamente se sostiene gracias a la convergencia de la promiscuidad de ella y de la sodomía de él. Ésta es la verdadera genialidad de Boccaccio: unir la sexualidad central, matrimonial, unidireccional, con las sexualidades periféricas e ilícitas, con los “pecados de la carne”.
Prometo serte fiel…
Desde el siglo II en Europa se había establecido la institución del matrimonio entre hombre y mujer como la única fórmula legalmente válida para que cada quien satisficiera sus impulsos lascivos. La mentalidad del hombre supuestamente estaba bajo el yugo del discurso religioso; el ser humano era parte del plan divino y el que se desviara simplemente adquiría la calidad de delincuente o pecador. Pero del dicho al hecho…
En el ámbito político, el matrimonio en realidad se había convertido en un medio para las alianzas entre los reyes. No era necesario el amor, ni siquiera el sexo, para mantener la unión conyugal[1], por lo que los nobles compartían su lecho con amantes –a veces incluso sin el empacho de su cónyuge. En el mundo literario, el amor cortés ya había probado la suculencia de lo ilícito: Lanzarote ama a la esposa de su rey, Isolda traiciona a su desconocido novio y futuro esposo escapándose con Tristán. En la vida del pueblo, la poligamia y la sodomía eran prácticas tan comunes como cualquier vicio. Esto último es lo que parece retratar Boccaccio en sus cuentos.
Hábilmente el autor utiliza y parodia el discurso ideológico predominante, que ya había establecido al adulterio como una de las manifestaciones de la lujuria (uno de los pecados capitales, por cierto); además, en materia civil, había rígidos castigos contra los infieles. De hecho, la protagonista del cuento se asume como malhechora: “Yo no ofenderé más que a las leyes, mientras que él ofende a las leyes y a la naturaleza”. Tuerce lo que dice el sermón de la decencia; la insatisfacción en la cama la absuelve del pecado, como una Robin Hood del libertinaje. La mujer reivindica su derecho a la cachondería puesto que “si he de esperar gusto o placer de ese hombre, podré tal vez llegar a envejecer esperando inútilmente”; de ahí que se entregue al deleite que “en mí será digno de alabanza”.

Por tierra seca…
Para Santo Tomás de Aquino, “se instituyó la unión sexual en atención a la procreación”[2] y, por tanto, la inclinación natural de los seres humanos se dirige al sexo opuesto. Atendiendo a estos principios, la mujer del cuento de Boccaccio se queja: “Ese desdichado me abandona para ir con su deshonestidad por tierra seca (…) Yo le tomé por marido (...) sabiendo que era hombre y creyéndole deseoso de aquello que están y deben de estar los hombres”. Las expectativas de satisfacción, unión conyugal, orientación sexual se derrumban.
Aunque explícitamente en el texto no existe una defensa de la sodomía, sí se ofrece la tolerancia como salida a los conflictos. Pedro, ante los reclamos de su esposa, prefiere guardar un prudente silencio: “Basta ya mujer, yo haré por contentarte”. Dioneo, el narrador, dice que se “le fue de la memoria” el arreglo al que llegaron “para satisfacción de los tres”. Este pacto olvidado, no dicho –pero que el lector debe adivinar–, da al traste con lo que “debe ser” el matrimonio. La práctica sale ganando frente al ideal, sobrepasa sus límites, pero al mismo tiempo lo apuntala. El conflicto entre matrimonio y pecado se disuelve; conviven juntos como dos diatribas que se amistan. La lujuria se tolera y gracias al pecado el matrimonio sobrevive.

Para satisfacción de todos…
En fin, se establece la mutua complacencia entre aquella ideología oficial y la concepción profana del hombre. El deseo sexual se da en la acción y, al resultar pecaminoso, desgrana las concepciones que se tenían de él. El matrimonio como “destino” de los individuos para la buena convivencia, la satisfacción sexual y la reproducción de la especie, parece venirse abajo ante la sodomía y la promiscuidad, pero al final se conserva paradójicamente gracias a esas tendencias “ilícitas”. ¡Quién lo diría! La lujuria extramarital fortalece al matrimonio… al menos en la historia de Pedro y su mujer.


[1] Vid El amor cortés de Lilian von der Walde Moheno en “Espacio Académico” de Cemanáhuac, III: 35 (junio 1997), pp. 1-4
[2][2]  Sineux, Raphael, Compedio de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, segunda parte, segunda sección, México: Editorial Tradición, 1976, p. 222.